

Un tiempo para parar, descansar del sufrimiento y sentirse seguro/a, sin juicios ni exigencias. Acompañamos desde la presencia tranquila y no invasiva. La relación y la escucha son lo más importante en este primer momento donde además se establece un primer vínculo con el equipo y los compañeros.

La vida compartida devuelve el sentido de comunidad y pertenencia. Participar en tareas de la Casa —cocina, jardín, espacios comunes— y en su propio itinerario ocupacional ayuda a recuperar autoestima, responsabilidad y el deseo de contribuir, sintiendo que tienes algo que ofrecer y tu presencia importa.

El acompañamiento profesional facilita para poner palabras al dolor, identificar factores de riesgo, explorar heridas emocionales y conflictos internos y abrir nuevas formas de entenderse a sí mismo y al mundo. El joven o la joven comienza a imaginar posibilidades nuevas: otros modos de estar en el mundo, otras relaciones, otra mirada sobre sí mismo.

Fortalecido/a, el joven inicia la reconexión con su vida educativa, laboral o familiar mediante un proyecto vital realista y metas pequeñas, acompañado/a por el equipo también en su regreso a casa.
El itinerario espiritual —desde la fe, la búsqueda interior o el silencio— les ayuda a descubrir sentido y esperanza para retomar la vida cotidiana, tras reencontrarse consigo mismo/a.